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Η XI China προωθεί τις πολυεθνικές ενόψει της απειλής του προστατευτισμού του Trump

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“Ir con China es ir con las oportunidades. Creer en China es creer en el futuro. Invertir en China es invertir en el futuro”. Xi Jinping, presidente chino, ha vendido su país con el tesón del que coloca seguros o enciclopedias a una elitista audiencia de empresarios globales que durante décadas ha amontonado lamentos por sus políticas. No son tiempos para el rencor, sin embargo, cuando les une la amenaza del proteccionismo estadounidense. Xi ha subrayado dos mensajes esta tarde en el Gran Palacio del Pueblo: China es una apuesta segura y urge trabajar en equipo para salvar el comercio y los negocios.

Le escuchaban una cuarentena de altos ejecutivos de la industria global. Algunos de ellos (Toyota, Mercedes o BMW) son los más castigados por la reciente andanada arancelaria de Donald Trump contra los vehículos extranjeros. Hora y media ha durado el acto y siete empresas han sido invitadas a hablar, según los presentes. “China ha sido y será siempre una inversión ideal, segura y prometedora. La puerta estará más y más abierta en el futuro“, ha animado Xi en la tercera reunión en año y medio con el empresariado extranjero. La frecuencia no es casual. Xi vende un buen producto: carece de precedentes el milagro económico chino durante cuatro décadas, cuenta con un mercado de 1.400 millones de consumidores y la mayoría de gobiernos envidian su crecimiento económico del 5%. Pero los tiempos gloriosos han quedado atrás. Nunca llegó el rebote postpandémico esperado, el sector inmobiliario sigue en ruinas, la guerra comercial con Trump castigará las exportaciones chinas y no despega el autoconsumo a pesar de los estímulos. El alicaído mercado doméstico, además, sufre de sobreproducción y precios bajos.

A ese clima se suman las viejas quejas de Bruselas y Washington: las regulaciones excesivas y a veces arbitrarias, las barreras en muchos sectores económicos y algunos episodios contra sus empleados. Es significativo que durante este cortejo fueran liberados los cinco empleados chinos de la estadounidense Mintz Group detenidos dos años atrás. Esa consultora, como muchas otras, evalúan los riesgos económicos y políticos para las multinacionales antes de desembarcar en China. El acoso al sector las ha dejado a oscuras.

Inversión extranjera

La inversión extranjera se ha resentido. El pasado año se quedó en los 116.000 millones de dólares cuando dos años antes rozó los 190.000 millones de dólares. La caída interanual del pasado mes es la mayor desde la crisis financiera global de 2008. Contra la inversión también juegan las tensiones geopolíticas porque muchas compañías estadounidenses temen quedar atrapadas en el fuego cruzado. Sólo la industria automovilística alemana, que concentró la mitad de la inversión europea el pasado año, rompe la tendencia.

“Tenemos que trabajar juntos para mantener la estabilidad de la industria global y las cadenas de suministro, lo que garantiza el desarrollo sano de la economía mundial”, ha pedido Xi. Sobre Estados Unidos y los aranceles sólo se han escuchado menciones oblicuas y metafóricas que todos han comprendido: “Apagar las luces ajenas no hará que las tuyas brillen más. Bloquear el camino del resto al final bloqueará el tuyo”. También ha señalado Xi a esos “países individuales” que “politizan, instrumentalizan y convierten en armas los asuntos comerciales” obligando a las compañías a “elegir bandos y tomar decisiones que violan las leyes económicas”.

Frecuenta estos días Pekín el gremio empresarial. El primer ministro, Li Qiang, ya departió el fin de semana pasado con una noventena de sus representantes, entre ellos Tim Cook, jefe ejecutivo de Apple. Fue durante el Foro del Desarrollo, antes una rara ocasión para que dialoguen con los gerifaltes chinos. La deriva geopolítica y económica ha convertido esos encuentros en periódicos, convencidas ambas partes de que se necesitan en la tormenta.

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